Por Adrián Moyano

Era una de esas chicas capaz de enamorar a varios al mismo tiempo y al parecer, disfrutaba de esa capacidad. Vino al mundo en el seno de una familia burguesa, judía y de origen polaco, pero en Alemania y en el momento menos oportuno. Todavía comunistas, socialdemócratas y anarquistas suponían que podían frenar la marea nazi a pura movilización y pelea callejera cuando se sumó a la militancia en Leipzig. Que primero la Policía detuviera a su novio, el estudiante de Medicina Georg Kuritzkes, y luego a ella misma, los convenció de que había que seguir la pelea en otro lado. Con su amiga, Ruth Cerf, emigró hacia París, al igual que muchos otros alemanes militantes de izquierdas y judíos. Muy jóvenes todavía, vivieron en cuartos mal calefaccionados y en más de una ocasión, sus panzas hicieron ruido a la hora de dormir, pero consiguieron changas con las que sobrevivir, sin perder elegancia. Gerta mecanografiaba, Ruth empezó a modelar.

Tanto ellas como sus amigos se entusiasmaron con el triunfo del Frente Popular, coalición de izquierdas que fue efímero gobierno entre 1936 y 1938. Más o menos por esa época, se hizo amiga de un inmigrante húngaro, gran fotógrafo. Su nombre: Endre Ernő Friedmann. La joven alemana también aprendió a sacar fotos y muy rápido, quedó en evidencia su talento. La cámara que llevaba terminó por identificarla. Sin embargo, como ningún medio importante reparaba en sus trabajos, hicieron una pequeña triquiñuela: él empezó a hacerse llamar Robert Capa y ella Gerda Taro. Inventaron un origen “estadounidense” para el primero y grandes revistas mordieron el anzuelo. Pronto estalló la Guerra Civil Española y hacia allí marcharon. Ella, para convertirse fotoperiodista, según diríamos hoy… Corresponsales de guerra los dos. Retrató todos los horrores que el fascismo dejaba a su paso, sin que hicieran mella en su encanto.

Dicen que una vez, arribó a las trincheras de Madrid con tacos altos y trajecito. Ella se defendió: el tranvía llegaba hasta un par de cuadras, lo que era cierto… En la novela que sobre ella escribió Helena Janeczek, Kuritzkes le reprocha amigablemente tamaño desenfado. El ex novio de la fotoperiodista combatía en las Brigadas Internacionales y si bien tenía conocimientos avanzados de medicina, se batía en las trincheras como cualquier voluntario, por capricho de la superioridad comunista. Cuando el devenir de la guerra se puso muy feo para la República, se concedió que atendiera heridos.

Otras veces, Gerda mortificó a ciertos generales, que la encontraban tan audaz como irrespetuosa. Expertos en fotografía sospechan que varias de las fotos que firmó Capa, son en realidad de ella. Otros sostienen que ambos usaban indistintamente el seudónimo. Confirma la sospecha que existan varios retratos del húngaro y muy pocos suyos. También fueron pareja sentimental, claro… Milicianos, soldados y brigadistas impusieron el apodo: “la chica de la Leica”.

Su mera presencia daba ánimos en la lucha contra el fascismo. Pero aquellos generales tenían razón: durante una retirada desordenada, Gerda viajaba en el estribo de un vehículo y en un descuido, bajo fuego aéreo, un tanque dio marcha atrás y se llevó su vida, cerca de El Escorial. Contaba con sólo 27 años. Fue la primera reportera gráfica en morir en acción. Su funeral se llevó a cabo en París y fue multitudinario. Dicen que “Bob” Capa quedó destrozado con su muerte y no era para menos. Cuando vieron la noticia en los diarios, milicianas anarquistas que ya no estaban en el frente, se preguntaron: ¿no es la rubita que nos fotografió cuándo nos adiestrábamos? Era, sí… Gerda Taro, cuyo nombre verdadero era Gerta Pohorylle.

Su familia no sobrevivió al Holocausto y algunos de sus amigos de Leipzig afrontaron un verdadero calvario. Si bien habían formado parte de la primera línea de defensa contra el nazismo en su país de origen, cuando Hitler hizo sonar los tambores de guerra, en Francia pasaron de exiliados simpáticos a extranjeros sospechosos. Los que militaron en las Brigadas Internacionales y alcanzaron a escapar de la derrota en España, fueron confinados en campos, al sur del país vecino. Recién recuperaron su libertad cuando las tropas alemanas estuvieron a las puertas de los infames reductos, prácticamente inermes.

Janeczek reconstruyó la vida de Gerda a partir de charlas con Willy Chardak, con su amiga Ruth y con Kuritzkes. Cuesta creer que se trate de una novela. De hecho, su autora afirma en los últimos párrafos que personas cercanas cuestionaron su excesivo afán por documentarse: ¿no iba a escribir ficción? Los diarios de Buenos Aires hablaron de su libro en 2019 pero la versión castellana es de edición española. Hoy debe costar un dineral. Ese mismo año, el Ayuntamiento de París impuso su nombre a una calle del Distrito 13. En 2017, el de Madrid había hecho otro tanto. El 26 de julio de 2022 se cumplirán 85 años desde su muerte. Gerda Taro, “la chica de la Leica”, todavía es capaz de enamorar a varios simultáneamente. Y de vencer el paso del tiempo.

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