Por Macedonio Demisec

Después de seis largos años –¡varios de los cuales compartió puertas cerradas con el Espacio Contemporáneo del Arte (ECA) y el museo Fader!- el Museo Municipal del Arte Modero, más conocido como “el MMAMM”, reabrió sus puertas en octubre pasado.

Yo, la verdad, no me había enterado, (bueno, en general, no te enteras de nada): la última vez que leí algo sobre el MAMM fue repasando la internacionalmente reconocida página de turismo Tripadvisor, donde aún hoy se pueden leer “recomendaciones” como esta: “El MMAMM se encuentra ubicado semienterrado, dentro de la Plaza Independencia. Lamentablemente el edificio se encuentra en mal estado constructivo, con humedad, sucio, descuidado y cerrado, no habiendo información si en algún momento va a ser reabierto. Una lástima”.

Dicen que mejor una mala publicidad que nada. En fin, en internet todo el mundo saca a relucir su picadora de carne y su garrote y ni el arte se salva. Lo cierto es que esta mañana quedé en juntarme con un amigo en el centro para tomar un café y el tipo me falló (mentira, ya no te quedan amigos; les fallaste a muchos en situaciones más calientes que un café) por lo que, sin rumbo, me di una vueltita por la Plaza Independencia a ver si veía algún carpintero o algún pitojuán me silbaba desde una árbol, pero sólo me topé con dos artesanos que trataban de enhebrar en un hilo (la realidad a veces penden de un hilo) unas mostacillas de fantasías, en medio de una nube de humo de porro paraguayo.

Seguí caminando sin rumbo fijo (ese siempre fue tu estilo) y entonces me topé con la novedad: el MMAMM, abierto. ¡Increíble! Una suerte de rara emoción me embargó por un segundo; algo me cerró la garganta, sentí como un principio de ataque de pánico de origen oficialista (u opositor, acá oficialismo y oposición son iguales) y ese temor me llevó a recordar un paseo con mi padre por esta misma plaza, mientras me contaba que la primera vez que entró en el museo se topó con un gran león… que por suerte estaba embalsamado.

En ese época –serían los años 60 o 70 del siglo pasado, me dijo papá- funcionaba acá el museo de Ciencias Naturales Cornelio Moyano que luego fue trasladado al hoy poco frecuentado edificio de Las Playas Serranas, en el extremo sur del Lago del Parque, una hermosa construcción estilo Bauhaus que hoy se adaptaría muy bien para hacer una fiesta como las de The Great Gatsby.

Pero dejando de lado los sueños estilo Scott Fitzgerald (irte por las ramas, ya lo sabemos, es lo tuyo) y volviendo a la plaza Independencia, entré al museo sin miedo a los leones y cometí el primer error: ingresé por la puerta principal: si lo hubiera hecho por la puerta de atrás, hubiera traspasado una salita dedicada a la escultura y me hubiera dato de bruces con un exquisito óleo de Antonio Berni llamado Changuita con fondo floreado (circa 1968) que muestra a una andrógina adolescente de enigmática belleza.

El cuadro me dejó paralizado y a la vez con las piernas temblando: mis ojos querían salirse de las orbitas al tiempo que la mirada intentaba traspasar la imagen pero chocaba contra la tela y volvía para implotar en el cerebro. Una experiencia inesperadamente maravillosa (sin embargo, ni una lágrima derramaste).

Si hubiera visto el Berni y luego ese majestuoso dibujito de Carlos Alonso –una figura femenina que sostiene una escoba, un tinta que parece hecho de un solo trazo con maestría zen- la visita hubiera sido técnicamente placentera: con esos dos cuadros podría haber salido de la sala, sentarme en un banco y esperar el apocalipsis (o el fin del apocalipsis porque, qué es todo esto sino un adelanto asordinado).

Pero bueno, no soy un hombre de suerte (¡qué novedad!) y al ingresar por la puerta equivocaba me enfrenté con el recorrido cronológico que proponen los curadores: una revisita al arte contemporáneo local –desde los años 30 a los 80 del siglo pasado- es decir el espacio-tiempo en el que se esparcieron por el mundo las llamadas vanguardias y buena parte de lo que vino después, algo que Tabarosky, define como “el fantasma de las vanguardias”.

II

Fue así como al tiempo que recorría la remozada sala (buen aire acondicionado, una iluminación despareja) mi sensibilidad (o lo que queda de la sensibilidad que un día tuviste) se puso nostálgicamente borgeana con El tigre sagrado, de Ducmelic; pasó a regocijarse en la pura materia de Retrato de Jorge Enrique Ramponi, de Rosas Stilerman; se sintió vagamente estafada frente a Acuario, de César Penin, porque pone en evidencia la falta de un Le Parc; y terminó por rebelarse –y putear abiertamente a los curadores- al toparse con el horrible, funesto y decadente (y no justamente en el sentido romántico) Proceso, de Marcelo Santángelo.

Volví a dar otra vuelta por la sala como si no fuera gratis y recaí en el cuadro de Santángelo (unas naranjas o limones que en los 70 el viejo pintor autoproclamado surrealista pegó en un lienzo ahora amarillento). Esos cítricos resecos me hicieron pensar –cual Newton del siglo XXI, recibiendo un manzanazo en la cabeza- si el arte envejece o bien soy yo quien envejezco mientras paseo por el MMAMM?

Invadido por una sensación de orfandad (en ese momento pensaste que era el efecto de una mala droga que habían puesto en el sistema de refrigeración, a juzgar por la cara de dos chicas con las que te topaste frente a una interesante tinta china de Luis Scafati) me detuve en las obras de los 60 y 70 que me parecieron, en general, haber perdido todo rastro de vida: cuerpos en estado de torsión, predominio del blanco y negro, paisajes relatados mil veces, imágenes que navegan (y naufragan) entre la forma y la abstracción. Ese tipo de cosas.

¿Los museos han muerto y no son más que una opción de los circuitos turísticos? ¿Han muertos algunas obras que nunca vivieron y nadie se encargó de sepultar? Y, lo peor de todo, ¿el arte se ha agotado o es nuestra mirada que se agota como la vida de los replicantes de Blade Ranner? ¿Es el placer de mirar el que se agota mientras discurre en el mundo el sistema neoliberal como una nueva ley de gravedad muy grave? ¿Miramos (consumimos con mirada zombi) sin ver que el planeta se queda sin agua dulce, el mar pierde sus playas irremediablemente, la economía global arrasará con nosotros al tiempo que las nuevas tecnologías vacían nuestros sentidos al punto que, mirar un cuadro se torna una experiencia sin sentido como si miráramos una y mil veces un inocuo video de Tik Tok?

Salí del MMAMM con un gusto agridulce y mientras caminaba por la plaza –los artesanos estaban tirados a la sombra de un árbol tomando vino tinto en tetra mezclado con gaseosa cola marca Mamaos- tuve una suerte de iluminación: ¿los limones resecos pegados en la tela como si fueran casi un signo de interrogación, no son un descolorido reflejo del arte actual?

En ese momento, saqué el teléfono y llamé al maestro Egar Murillo dispuesto a decirle dónde estaba (estabas claramente perdido) y ni bien cruzamos saludos, me dijo que estaba pintando, que había vuelto a dar clases y me invitó a una celebración en la bodega M. que le había comprado un par de grabados y pinturas. Seguí caminando sin rumbo pero con una certeza: en una casa del Guaymallén profundo había un hombre llamado Murillo dispuesto siempre a crear.

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