Por Macedonio Demisec

(Ilustración: «El ojo que espía», Sergio Hellin) –

Antes –y cuando digo antes me refiero y me remonto al siglo pasado- los periodistas y sus jefes –burócratas que nunca escribían, nunca levantaban un teléfono (fijo) para preguntar algo y sin embargo sabían de todo- se devanaban el cerebro pensando notas y títulos atractivos para vender más diarios.

En esa precámbrica era común–me cuentan cronistas retirados que gozan de una pobre jubilación y un próspero Alzheimer-  ver a los periodistas llegar a un café o bar y husmear la mesa del vecino para ver qué estaban leyendo. Los lectores –“fieles lectores”, les decían-  casi religiosamente empezaban a leer el suplemento deportivo –sobre todo los lunes-, la sección Policiales, o bien alguna nota de color de Sociedad y en menor medida de Política, alguna noticia que dejara al descubierto algún entramado del poder.

En esa lejana época –hiperantigua pero no tan lejana en el tiempo- no existía el periodismo “independiente”, ni se hablaba de periodismo K o Pro, y ese tipo de notas que “le pegaban al gobierno de turno” sea cual fuere, eran muy bien miradas por el lector medio. Y por los periodistas, incluso.

Esa época –anterior aún a que Los Redondos dijeran “buenas noticias, sabrosas telefotos A tragar sin culpa!”, en su vieja canción “Noticias de ayer”- esa lejana época en la que el papel de diario servía para envolver huevos, papas y adornos navideños, y nunca faltaba en el comienzo de un buen asado, todo era especulación y solo importaba cuantos diarios vendía la competencia, mientras los lectores leían lo que buena y secretamente les interesaba y pasaban las páginas de los clasificados y necrológicas reservándoselas al abuelo, único tipo de lector que medía la aproximación de La Parca por la cantidad de amigos y vecinos que encabezaban cada aviso fúnebre.

Pero pero pero, en algún momento, -después o antes de algo que ya olvidé o que nunca llegué a enterarme-, ALGUIEN cambió las reglas del juego para nosotres -simples lectores- sin que firmáramos ningún acuerdo comercial o pacto social. Y los diarios se trasformaron en “empresas periodísticas”, multimedios y multimedias. Y todo se digitalizó -para bien o para mal-, casi en el mismo momento que el abuelo se moría teniendo como única certeza de vida que no iba a poder leer su obituario porque no solo estaba muerto sino porque los diarios de papel eran historia pasada. Amén, hermanos.

II

Y volviendo con otra cita ricotera –“el futuro llegó hace rato” y para peor “llegó como vos no lo esperabas”-, o mejor: llegó como adelantaban las viejas novelas, como 1984 (escrita en 1948): el presente se presentó como una suerte de maquinaria de estricto control. Y no de calidad, exactamente, sino de control social: ALGUIEN, ALGUIEN en algún lugar de la red te está mirando: sabe –en tiempo real- cuando dejás de lado los sitios triple x, dejás de husmear las redes sociales de les novies de tus amigues y dejas de soñar con los últimos modelo de teléfono que podés pedir –a cambio de una buena parva de dólares- en cualquier tienda del Soho de algún país desarrollado. En ese instante, ALGUIEN sabe también que noticias estás leyendo. Y no solo eso, alguien te está poniendo en la pantalla de tu smarthpone una noticia que no vas a poder dejar de leer.

Pero ahí –en nuestra defensa, a modo de arma de contraataque- está nuestra venganza lectora: ¿quieren que lea tendenciosas noticias sobre kirchneristas o macristas? Ni ahí: yo elijo “cuál es el signo de horóscopo chino que reúne más síntomas de bipolaridad”. ¿Quieren que lea la oferta de lotes de 400 metros cuadrados en barrios privados de Luján? Yo elijo “La botinera que se levantó con el pie izquierdo y chocó la Ferrari de su novio en París”. ¿Quieren que clikee la nota que dice “No te perdás los cinco mejores autos del mercado argentino”, yo elijo “Cómo llegué a comprarme un lote en Las Vegas (Uspallata) engañando a la Afip/DGI”.

Es un juego, nada más, porque luego, íntimamente, tengo para mí que esta pretendida, dulce venganza, no es tal porque después de todo, ALGUIEN siempre me pone una trampa y caigo y recaigo como la mosca en la sopa –de nuevo aparece la voz de la conciencia ricotera-. Y desde el fondo de la trampa escucho una vieja canción con la marca de hombre de bigote bicolor, una última ironía del destino: “Desprejuiciados son los que vendrán /Y los que están, ya no me importan más /Los carceleros de la humanidad no me atraparán /Dos veces con la misma red…”.

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