El historiador, escritor y periodista Adrián Moyano, dio en estos días dos charlas sobre Patagonia Rebelde en Alemania. La primera en Berlín, el 16 de noviembre, en la Buchladen Schwarze Risse, una librería anarquista. La segunda el 22 de noviembre en Göttingen, en un espacio que asiste a refugiados políticos. Ambas disertaciones fueron dadas en castellano y traducidas al alemán. Moyano las transcribe aquí, para El Búho.

En Berlín, a 100 años de la Patagonia Rebelde

Por Adrián Moyano

Hablar de Patagonia Rebelde cien años después, es hablar de un monstruoso crimen estatal: entre noviembre y diciembre de 1921, efectivos del Ejército Argentino fusilaron aproximadamente a 1.500 peones rurales en la actual provincia de Santa Cruz. Los oficiales a cargo de la represión no se dignaron contabilizar a los caídos, de manera que la cifra es estimativa: a partir de las listas incompletas que publicó El Trabajo, periódico de la Federación Obrera de Magallanes (FOM), se calcula que los muertos pudieron ser 2.200.

De tamaña mortandad también participó la Liga Patriótica Argentina, cuyo debut a escala nacional se había producido durante otra reacción sangrienta de las clases dominantes: la Semana Trágica de 1919, en Buenos Aires. En las localidades de la costa santacruceña, la agrupación reunió a jefes policiales, funcionarios de la administración pública, directivos de la Sociedad Rural, administradores de estancias y gerentes de las grandes casas comerciales, de prácticas oligopólicas. Durante los peores momentos de la ofensiva anti-obrera, la Liga Patriótica funcionó como una auténtica organización paramilitar, al igual que durante los sucesos de dos años antes.

Hablar de Patagonia Rebelde también es hablar de internacionalismo proletario en el sur del sur. En la Argentina, los primeros intentos por avanzar hacia una federación que agrupara a todas las sociedades de resistencia u organizaciones gremiales, datan de fines del siglo XIX, pero el objetivo recién se logró a comienzos del XX, con la formalización de la Federación Obrera Argentina (FOA). En sus comienzos, se dieron los debates que cruzaron a la clase obrera en diversas latitudes: mientras la corriente socialista abogaba por mejorar las condiciones de trabajadores y trabajadoras mediante reformas legislativas y negociaciones con el capital, los grupos anarquistas sostenían que la redención proletaria sólo se lograría mediante una acción revolucionaria continua, que incluyera la huelga general, el boicot e inclusive el sabotaje, como tácticas. Las diferencias de visiones hicieron que los socialistas se volcaran a la acción a través del partido que fundaron. En cuanto a la organización gremial, pronto adoptó el nombre de Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y en su quinto congreso, de 1905, explicitó con todas las letras que sus asociados debían poner al “comunismo anarquista” como horizonte de su marcha.

Miles de kilómetros al sur de Buenos Aires, la primera organización de los trabajadores no surgió del lado argentino del límite, sino del chileno: en Punta Arenas, se consolidó la Federación Obrera de Magallanes. Si bien en sus orígenes, los postulados que acogió en sus estatutos eran más bien moderados, con el paso del tiempo y la mayor voracidad de los capitalistas, radicalizó sus perspectivas y para 1919, los activistas de ideario anarquista ocupaban un lugar muy importante en sus órganos de conducción. Al impulsar con decisión el internacionalismo proletario, la FOM desempeñó un papel central en la conformación de la Sociedad Obrera de Río Gallegos, ignorando las fronteras nacionales. Dicho sea de paso, en esas latitudes, los límites entre ambos Estados tenían menos de 40 años de existencia, ya que tanto Chile como la Argentina se habían hecho del territorio aonik’enk (tehuelche del sur) hasta entonces libre. Es más, una de las primeras huelgas que impulsaron los peones rurales de Santa Cruz, fue para solidarizar con sus compañeros del lado chileno, que por entonces, sostenían un conflicto con determinadas patronales. Las autoridades policiales de Santa Cruz, en esos tiempos, Territorio Nacional, tomaron debida nota de la creciente articulación que existía con los trabajadores de Magallanes. Para 1920, cuando tuvo lugar la primera de las huelgas generales que demostró el poder que estaba en condiciones de exhibir la clase obrera, la Sociedad Obrera de Río Gallegos y demás organizaciones, estaban adheridas a la FORA. Uno de sus principales referentes, Antonio Soto, profesaba el anarquismo, al igual que varios de sus compañeros, provenientes de España.

Hablar de Patagonia Rebelde cien años después, es hablar de la obscenidad del capital y de la falsía de los discursos patrioteros. Cuando la Argentina se apoderó del territorio aonik’enk a fines del siglo XIX, los representantes del presidente Julio Roca corrieron a las islas Malvinas, para interesar a los estancieros de origen británico en las concesiones de tierras que se aprestaba a otorgar. No contento con esa entrega, el mismo funcionario se dirigió a Punta Arenas, para hacer otro tanto con los propietarios de las grandes estancias y titulares de las sociedades comerciales que operaban en Magallanes y Tierra del Fuego. Maniobras de corrupción mediante, se hizo dueño y señor del sur José Menéndez, un potentado de origen español, quien totalizó centenares de miles de hectáreas. Mediante acuerdos matrimoniales, se asoció con Mauricio Braun, otro auténtico magnate en los albores del capitalismo patagónico. Entre ambos, constituyeron en 1908 la Sociedad Importadora y Exportadora de la Patagonia, firma que además de explotar ganado ovino en las estancias, controló líneas de navegación que unían Valparaíso con Punta Arenas y esta localidad con Buenos Aires. También estableció casas comerciales en donde se esquilmaba a sus propios trabajadores a precio vil. Las investigaciones de Osvaldo Bayer probaron que La Anónima, marca de la firma en la actualidad, proveyó de camiones para la movilización de las tropas que fusilaron peones. Varios de sus gerentes se sumaron también a la represión, al identificar a los líderes de los huelguistas o a los trabajadores que concebían como peligrosos para sus intereses. Hijos de Menéndez, quien ya había fallecido al momento de los acontecimientos, trabajaron fervientemente en Buenos Aires durante 1920 y 1921 para que, a través de las presiones de la prensa, el gobierno de Hipólito Yrigoyen se decidiera a enviar tropas. Los diarios de Buenos Aires hablaban de “forajidos”, de “enviados rusos” y violaciones de mujeres que jamás existieron.

El más significativo de los fusilamientos tuvo lugar el 7 de diciembre en la estancia La Anita, propiedad de Mauricio Braun y Josefina Menéndez Behety, hija mayor de José Menéndez. No fue casualidad. Tampoco es casualidad que inclusive en la actualidad, integrantes de la dinastía aparezcan en lugares importantes del poder político, tanto en Chile como en la Argentina. Un Menéndez fue asesor estelar de Augusto Pinochet durante la última dictadura en el primero de los países, mientras que un Braun, Marcos Peña, fue jefe de Gabinete durante el gobierno de la derecha neoliberal en la Argentina (2015-2019). Las grandes fortunas que amasaron sus abuelos o bisabuelos, están manchadas de sangre obrera. Las huelgas de 1919, 1920 y 1921 fueron el primer límite que interpuso la clase proletaria a su poder omnímodo.

Hablar de Patagonia Rebelde es también hablar de Osvaldo Bayer. Fue gracias a su paciente, meticulosa y valiente investigación que los sucesos de Santa Cruz salieron de la penumbra. Si bien existía un libro antecedente, “La Patagonia Trágica”, de José María Borrero, este no había alcanzado circulación nacional y además, su autor fue partícipe de los sucesos: un abogado y periodista que simpatizaba con los intereses de los trabajadores pero que también era afín a la Unión Cívica Radical, el partido que gobernaba el país. Bayer entrevistó a protagonistas de los sucesos, inclusive jefes militares que dieron órdenes de fusilar. También consiguió el testimonio de peones sobrevivientes y consultó todos los archivos que pudo. Su primera versión se extendió por tres volúmenes y se tituló “Los vengadores de la Patagonia Trágica”. El título alude a Kurt Wilckens, el anarquista alemán que, en enero de 1923, ultimó al coronel Héctor Varela, para vengar a sus hermanos de clase. Varela fue el jefe del Regimiento 10 de Caballería, quien ordenó los fusilamientos. Irónicamente, la pena de muerte se había abolido en la Argentina unas semanas antes de la carnicería. Hay que destacar que Bayer publicó su trabajo en 1972, cuando en la Argentina transcurría una de las tantas dictaduras militares. Esa muestra de coraje periodístico redime una profesión que en la actualidad, tiene más que ver con mercenarios y oportunistas que con la búsqueda de poner fin a la impunidad.

¿Y por qué hablo yo de Patagonia Rebelde? A fin de cuentas, si de algo sé, es de historia mapuche. Si bien me asumo como trabajador de prensa, mi militancia gremial es mínima y mis preocupaciones como escritor tienen más que ver con descolonizar narraciones sobre el pasado de las primeras naciones de Patagonia que con el devenir de la clase obrera. Como activista, participo de organizaciones mapuches y también de experiencias anti-extractivismo. Pero dos años atrás, llegó a mis manos un libro tan esclarecedor como de ruptura: “Los chilotes de la Patagonia Rebelde”, del profesor Luis Mancilla Pérez, vecino de Castro (Chiloé). Con lógica impecable, su autor sostiene que “no hay huelgas sin huelguistas”. Su apasionada investigación apunta que el 80 por ciento de los fusilados en Patagonia Rebelde fueron chilotes, es decir, peones oriundos del archipiélago de Chiloé, que desde comienzos del siglo XX tenían la costumbre de migrar hacia Magallanes y Santa Cruz para aprovechar la zafra lanera y escapar, aunque fuera transitoriamente, de la miseria. Añade Mancilla Pérez que aproximadamente el 60 por ciento de aquellos chilotes, era williche, palabra que en idioma mapuche significa “gente del sur”. El propio Bayer constató la presencia masiva de chilotes en las huelgas de 1920 y 1921, aunque pusiera énfasis en el origen europeo de los líderes del movimiento. Sin embargo, en su relato sobre el intento de toma de la estancia Bremen El Cifre, propiedad de la familia alemana Schroeder, el gran periodista consignó que el piquete de peones portaba una bandera roja, daba vivas a la huelga y también, “alaridos a lo indio”. En idioma mapuche, se llama afafan a esos gritos que tienen como objetivo concentrar energía e infundir valor. En la Patagonia Rebelde se dejaron escuchar por las estepas santacruceñas, porque los si los williche llevaban siglos de resistir a la encomienda española, a la prepotencia de la Iglesia y a la nueva tiranía del Estado de Chile, ¿cómo no iban a pararse frente a la insaciable voracidad del capital?

Ideas que hizo suyo el anarquismo del siglo XIX, como la federación, la ayuda mutua, la organización sin jerarquías, la democracia directa y la acción directa, eran y son costumbre en el pueblo mapuche en general y entre los williche de Chiloé en particular. Por sus prácticas de siglos, williche y demás chilotes se sumaron masivamente a las huelgas generales de 1920 y 1921. Inclusive, algunos de ellos ejercieron roles de conducción al lado de José “Facón Grande” Font y el “Gallego” Soto, entre otros. Los soldados del Ejército Argentino se ensañaron particularmente con ellos y pusieron en funcionamiento criterios racistas: no sólo se los fusiló por revoltosos, sino también por “indios”.

Hablar de Patagonia Rebelde cien años después, en Alemania, es hablar de varias lecciones históricas: cuando la clase obrera se organiza y funciona sin la intermediación de burocracias, es capaz de poner contra las cuerdas a los patrones que se creen omnipotentes… Cuando las clases dominantes se llenan la boca de invocaciones a la patria, a la seguridad jurídica, al derecho de propiedad y enarbolan banderas nacionales, es porque huelen sangre obrera, o india, o ambas. Cuando hombres y mujeres de coraje se proponen correr los velos de silencio o tergiversación que tendieron quienes se beneficiaron directamente de la masacre, la verdad no tarda en aflorar.

Detrás del rumbo que abrió don Osvaldo Bayer es que navegamos, para profundizar y radicalizar sus primeros aportes. A casi 14 mil kilómetros de las pampas santacruceñas, también aquí levantamos nuestra voz para saludar a aquellos compañeros “caídos por la livertá” y reclamar el fin de la impunidad, porque nunca comparecieron ante el Poder Judicial los perpetradores intelectuales y materiales de las masacres.

En una carta que dejó Wilckens antes de ser asesinado por un esbirro de la Liga Patriótica, explicó por qué había matado al coronel. “No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. ¡Pero la venganza es indigna de un anarquista! El mañana, nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencias; trabajemos para apresurar ese día”. Hoy en Berlín, lejísimos de aquellas tumbas y fosas comunes, lejísimos de aquellos intensísimos fulgores auténticamente libertarios, no hacemos más que sacar nuestra palabra, “para apresurar ese día” y herir, de una vez por todas, al “sistema criminal”.

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