Por Enrique Pfaab

Mi vida delictiva fue prematura, breve y absurda.

Creo que tenía unos 12 años y ya había adquirido el hábito de la lectura y el vicio de la lectura compulsiva. Mis tías, desde Buenos Aires, me mandaban para cada festejo (cumpleaños, Navidad, Reyes) algunos libros de regalo. Pero la voracidad lectora que me aquejaba era impiadosa y las novedades dejaban de serlo rápidamente.

A veces, para cubrir los baches, releía las novelas que más me habían gustado. Algunas las he leído unas 10 veces. Pero no alcanzaba a calmarme lo suficiente.

Cierta vez había tenido que ir al pueblo, no recuerdo para qué. El caso es que recordaba que en el supermercado Lahusen, creo que el único super de esos años, había libros en algún exhibidor poco requerido por la clientela. Y allí fui.

Cédula de excomunión preservada en la Biblioteca Antigua de la Universidad de Salamanca

Eran novelas, ediciones de bolsillo, todas del Lejano Oeste, casi todas bastante malas aunque con el formato clásico de 4 actos, que asegura la fluidez y la efectividad de la trama. Con el “camino del héroe” bien marcado, pero sin vuelo ni juegos literarios. Pero eran una solución efectiva para aplacar el síndrome de abstinencia.

No recuerdo haber sentido tanto miedo como en aquel momento, cuando metí uno de los libritos en el bolsillo de la campera y salí con él por la línea de cajas.

No hice nunca más algo así. Fue principio y fin de mi vida delictiva. Creo que el motivo fue que esa novelita no mereció semejante riesgo. Quizás eso me salvó de generar un prontuario. Años después me enteré que Roberto Bolaño hizo esto mismo, pero durante mucho tiempo en las magníficas librerías del DF, en México. En el cuento El Gusano, de su libro Llamadas telefónicas, cuenta algo de eso. Y también lo contó en algunas entrevistas. En una de ellas, recordando sus años jóvenes, reconoció que «soy muy tímido y, en aquella época, era aun más tímido. Y yo veía como mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía (…) Es algo que todos los jóvenes hacen y me parece magnifico. Robras libros no es un delito«. Con ironía, Bolaño decía que «uno empieza comprando libros y robándolos… y termina leyéndolos. En mi caso, es una obsesión. Es como coleccionar cromos«. En esa entrevista, desliza una frase brutal sobre los escritores y los libros: «Todos estamos escribiendo el mismo libro. Y ese libro es nada».

La diferencia entre él y yo, es que Bolaño elegía bien lo que robaba y sacó provecho de eso cuando escribía. Yo no. Quizás solo llegué a remedar (muy mal) esos libros de bolsillo.

El caso es que, después, mis tías siguieron mandándome libros por años. Todos esos regalos constantes fueron más económicos que si hubieran tenido que depositar una caución real para mi libertad condicional.

Un comentario en «Robando libros»

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