Por Enrique Pfaab

Todos dicen, como una sentencia infalible, que “todo tiempo pasado fue mejor”. También se asegura que la violencia es de esta época y que antes, para resolver los conflictos, sólo había dos posibilidades: o se solucionaban dialogando o se resolvían “a lo macho”, es decir con un duelo o en una pelea a golpes de puño. Pero todos sostienen, indefectiblemente, que las épocas pasadas fueron mejores, más humanas, más pacíficas, más justas, más honrosas. Quien escribe sospecha que esto no es tan cierto. Lo mejor que tiene el pasado es que ya está superado y que en su rescoldo sólo queda lo pintoresco, lo anecdótico y lo agradable. La memoria humana es muy generosa. Deja escurrir lo malo y guarda lo bueno.

No hay nada mejor para sostener esta teoría que revisar algunos párrafos de las historias mundanas de los pueblos mendocinos. 

Las peleas, por lo general, tenían dos orígenes: problemas de polleras o diferencias económicas. En esto quizás no haya muchas diferencias con el presente.

Era 1928, en un pueblo que crecía vertiginosamente gracias a la llegada del ferrocarril y que allí se habían instalado, como también había sucedido en la bonaerense ciudad de Junín, los talleres en donde se reparaban las locomotoras: Palmira.

Un canal, ahora cubierto y hecho avenida, dividía al poblado en dos. Al norte, pegado a las vías, crecía la villa de Palmira; al sur prosperaba más lentamente Villa Dumit.

Cada uno de estos poblados tenía su propia usina eléctrica, generada con motores a gasoil.

Del lado sur, quien explotaba la energía eléctrica era la sociedad Rédital- Echegaray, que estaba conformada por los señores Conrado Echegaray y Ángel Rédital.

Algún diario de la época recuerda lo que ocurrió cierta tarde jarillera de ese año. Allí se dice que Conrado Echegaray había estado sacando números durante varios días y que éstos no le cerraban. Que las ganancias de la usina tendrían que haber sido más suculentas de lo que decían esas cobranzas. Además, también le había llegado algún chisme de que a su socio las cosas le habían ido mucho mejor en los últimos tiempos y que estaba prosperando mucho más que él.

Entonces, después de acumular enojo y de llegar a algunas conclusiones unilaterales, decidió cortar por lo sano. Atardecía, como corresponde a toda gran tragedia. El sol se acostaba sobre la cordillera. Don Conrado encaró a su mujer y a sus hijos y les dijo: “No salgan a la calle por más que escuchen lo que escuchen”. El hombre abrió la puerta y salió de la casa.

No tuvo que caminar mucho. A pocos metros estaba a quien buscaba: su socio, Ángel Rédital.

Echegaray desenfundó el revólver apenas lo vio y Rédital dio media vuelta e improvisó una fuga apenas detectó el matagatos en manos de quien había sido su amigo. No fue lejos. Echegaray lo corrió y cuando lo tenía a poca distancia apretó el gatillo. La primera bala hizo que Rédital cayera. Después el agresor se acercó y vació el tambor del revólver, en medio de los gritos de una de las hijas de la víctima, que lo había acompañado y que rogaba que no siguiera disparando. Echegaray le hizo caso sólo cuando se le terminaron las balas.

Este no fue el primer homicidio ocurrido en Palmira. El 26 de julio de 1911 uno de los fundadores de Palmira, Guillermo Fuseo, recibió una bala que se le introdujo por el ojo izquierdo y lo mató en el acto. Su homicida  fue un ex empleado suyo, Juan Nicolás Balobano, alias Nicolo, quien había llegado a la oficina de Fuseo reclamándole una deuda. Pero esta historia ya ha sido contada en estas páginas.

Además de violencia en los actos había violencia en las palabras. Si no, basta con revisar una vieja carta de la época enviada por un padre a su hijo que estudiaba en Italia. Estos eran integrantes de una familia que era dueña de una gran cantidad de tierras en Palmira y que habían recibido el pedido de la pujante comunidad para que le donaran al pueblo un terreno para instalar el cementerio allí.

En la carta el padre le decía a su hijo: “Lea los diarios que le mando. En la última página los canallas de Palmira quieren que les regale un terreno para cementerio y yo les he dicho que los muertos de dicha localidad ni yo puedo ni de mí dependen. Que los tiren a los cuervos o al río”.

Ejemplos sobran. No siempre ni para todos, todo tiempo pasado fue mejor. Lo es cierto es que ya son sólo anécdotas históricas y por lo tanto nadie se espanta por ellas.

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